domingo, 6 de diciembre de 2015

PARTICIPES NECESARIOS

Jorge Ricardo Rodríguez
CID San Luis

“Con mayor o menor conciencia de ello, todos estamos esperando con excitada resignación la puesta en marcha de una catástrofe universal y no nos damos cuenta de que esta ya ha ocurrido. Admitirse como sobreviviente es una tarea tan dolorosa como inútil. Por eso la postergamos y así llegamos a la situación en la que nos encontramos hoy”.(Fresán, 1998: 65)

Política de la memoria
En el logrado texto de Martín Kohan, Dos veces junio (2002), se retoma la dolorosa historia reciente de la Argentina a partir de retratar la historia entre el Dr. Mesiano, médico militar con cierta jerarquía dentro de la estructura reticular de los campos de detención clandestinos de la última dictadura argentina, y el colimba asignado como chofer del primero, con el que va trabando, en la prosecución del relato una cercanía que, a quienes gustan representar algunas de las tantas “almas bellas” que pululan por doquier, suele erizar la piel. La resolución de la trama se acompaña de la búsqueda de una respuesta válida a la pregunta que inicia el mismo: “¿a qué edad se puede empesar a torturar a un niño?” (sic). El mencionado libro abre así una serie de cuestiones aún hoy no elaboradas lo suficiente desde una política de la memoria, fundamental para la inscripción simbólica de aquellos sucesos de la historia que permiten una explicación tanto de lo sucedido como de lo que es posible esperar. Señalamos solo uno de esos interrogantes abiertos: ¿qué relaciones se establecieron entre la sociedad civil y los ideólogos, voceros y ejecutores de una sangrienta dictadura? O, mejor dicho: ¿qué vínculos se constituyeron entre los personeros de un siniestro plan cuyo fin último fue la implantación de un sistema económico que respira aun hoy entre nosotros -a pesar de las gravosas consecuencias producidas por el mismo, y de los diversos diagnósticos que del espectro ideológico de nuestras tierras se enuncian de él: la podredumbre de su aliento, el tránsito por sus finales estertores son los slogans de una izquierda atontada que solo sabe lo que no quiere; la necesidad de que organismos pseudofilantrópicos acerquen el oxígeno necesario para que siga viviendo, que atravesamos una pequeña gripe de estación pero que el sistema goza de inmejorable salud, en esos topos discursivos se aloja cómodamente una derecha canalla- acompañado de los necesarios procesos ideológicos que permiten que la sangría prosiga, fin que justificó el uso de todos los medios disponibles, aún y sobre todo de los que rozaron los procedimientos más inenarrables de tortura corporal y psíquica, con aquellos actores e instituciones del campo social que ocupaban un lugar destacado en el tejido social de aquellos tiempos, que siguen siendo los de hoy?

Interrogantes similares, aunque con objetivos más modestos, se plantea Hugo Vezzetti en un artículo de Ñ, suplemento cultural del diario Clarín (2004), bajo el título “En el diván de la dictadura”. Expresa que el periodo de la catástrofe política, moral y simbólica signada por la dictadura que hoy es revisado e indagado en núcleos fundamentales de la experiencia nacional, encuentra un punto de detención en las instituciones analíticas; “¿qué paso con el psicoanálisis en la dictadura?” es la fórmula explícita con la que arroja el guante a las instituciones analíticas, en espera de que alguna lo recoja.
Entre quienes nos formamos en psicoanálisis sabemos de los consejos al analista que se desprenden de una lectura atenta de Freud tanto como de Lacan. Uno de ellos reza: acceder a responder a la demanda del Otro sólo permite ocluir lo que del deseo se vehiculiza en tal pedido. Así, nos alejamos de replicar a alguien que ya sabe la respuesta a lo que pregunta (la posición de Vezzetti está lejos de ser ingenua e ignorante. Su nombre luce al tope en la lista de los que por estos suelos se abocan al estudio de la historia del psicoanálisis, y no se priva en cada uno de sus escritos de dejar traslucir el odioenamoramiento –para utilizar esa nueva pasión inventada por Lacan- con que se acerca al objeto de sus reflexiones).
Resulta más interesante a nuestro propósito recuperar del mismo Vezzetti aquellas líneas que quedaran registradas en el periódico Página 12 (1999) con el título “Sobre la responsabilidad civil por el terrorismo de Estado”. Escribía allí:

“La acción pública de la memoria excede la denuncia de los crímenes y la demanda de verdad y justicia en la medida en que, de cara a la sociedad, enfrenta ya no la culpabilidad de los criminales sino las responsabilidades de la propia sociedad”.

Y afirmaba asimismo que el proceso democrático había instaurado una proyección del mal: eso pasado nada tenía que ver con nosotros.

Como en psicoanálisis la significación, la verdad de lo que tuvo lugar en un punto del pasado depende de un hecho que pertenece a su futuro; y es a partir del futuro que recibe su sentido un hecho del pasado -la verdad histórica no es la exactitud de lo que aconteció, es la transformación de lo que sucedió por la perspectiva de lo que será- nos importa sacar a luz algunas especulaciones respecto al lazo que unió a una sociedad con sus sepultureros.

La crueldad del Amo
A la palabra crueldad, dice Jacques Derrida (2001), podemos asignarle una ascendencia latina (cruor, crudis, crudelitas), del crimen de sangre, de los lazos de sangre, o vincularla al deseo de hacer o hacerse sufrir por sufrir, incluso de torturar o matar, de matarse o de torturarse torturando o matando, por tomar un placer psíquico en el mal por el mal, hasta por gozar del mal radical; en todos los casos la crueldad sería difícil de determinar o delimitar.
Para Freud la crueldad sería sin término pero no sin término oponible, sin fin pero no sin contrario. Podemos detener la crueldad violenta, pero una crueldad psíquica lo suplirá inventando recursos nuevos.
Derrida se pregunta si es el psicoanálisis la única vía que permitiría “si no saber, si no pensar incluso, al menos interrogar lo que podría significar esta palabra extraña y familiar, “crueldad”, la peor crueldad, el sufrir por sufrir, el hacer sufrir, el hacerse o dejar sufrir por, si puede decirse así, el placer del sufrimiento”.
Si hay algo irreductible en la vida del ser humano constituido por la posibilidad de la crueldad (la pulsión del mal por el mal, dirá Derrida) ningún otro discurso sabría abrirse a esta hipótesis. Todos estarían hechos para reducirla, excluirla, privarla de sentido. No sería el único lenguaje posible ni la única forma de tratamiento de la crueldad que no tendría fin, pero si el psicoanálisis seria el nombre de eso que “sin coartada, se volcaría hacia lo que la crueldad psíquica tendría de más propio”.
¿Podría por tanto el psicoanálisis subvertir esa tendencia a la aniquilación? Si, a condición de acogerla en su praxis.
Supongamos: el relato de la actividad de una madre que sistemáticamente higieniza a su cría hasta el límite de llagar su piel, o el de aquella otra que retribuye con una golpiza a las heces de su niño, ese relato, dirigido a un analista, podría dar lugar a un psicoanálisis. Las actividades de los torturadores no dan lugar a nada, salvo una cosa: el silencio del cuerpo.

Freud en “A propósito de un caso de neurosis obsesiva” (1995) escribe el relato de un reservista que cumple el servicio militar, y que acude a su consulta. El paciente ha debido relacionarse con un capitán de apellido checo, individuo que le inspiraba cierto temor, pues se mostraba manifiestamente inclinado a la crueldad. Expresaba el paciente a Freud:

“No quiero afirmar que fuese un malvado, pero en sus conversaciones se había mostrado repetidamente partidario de los castigos corporales, habiendo yo combatido varias veces su opinión con acaloramiento”.

Es este capitán cruel el que le relata un tormento que se practica a los prisioneros en Oriente, “castigo singularmente espantoso”: introducir a un prisionero ratas que lo penetrarían por su ano. Cuando Freud recibe ese decir, escribe respecto del narrador:

“Se notaba en él una expresión del rostro de muy rara composición, y que sólo puedo resolver como horror ante su placer, ignorado [unbekennen] por él mismo”.

¿Qué lleva a Freud a detenerse en el rostro de su paciente? La interrupción de la narración. El paciente pide ser dispensado del mismo, a lo que Freud replica asegurando que por su parte “no tenía tendencia alguna a la crueldad, y que desde luego, no quería atormentarle, pero que no podía concederle lo que me pedía, puesto que la superación de la resistencia era un mandato ineludible a la cura”. Freud no lo libera de la asociación libre, sea de la naturaleza que sea. La posición de Freud sacude a su paciente, y la sacudida le presenta la representación de que eso (el tormento) sucede con una persona que le es querida, y allí se relanza el análisis.
El “placer ignorado” era mostrado a Freud, era dirigido a él. Así el tormento en el campo analítico es llevado al terreno de la palabra y, por ende, vía asociación libre, a hablar de otra cosa. Pasaje de registro donde el cuerpo torturado no interviene más que en forma simbólica. El “hombre de las ratas” no fue torturado, sólo relataba lo que a él le relataron, dirigiendo su relato a su analista. Esa expresión del rostro de un horror ante su placer, ignorado por él mismo hablaba el horror del goce que lo habitaba.

Por hipótesis, todo sujeto tiene una cierta idea acerca de lo que es susceptible de proporcionarle o no placer, pero acerca de su goce –esto es: la satisfacción pulsional freudiana- vive en un total desconocimiento. Situación harto más desagradable cuanto que el goce de un sujeto siempre insiste por el lado que él preferiría no mirar demasiado. Por lo mismo, cada vez que el goce se presentifica, alguien paga sus costos.

La política del avestruz
Jorge Aleman (2001) afirma que la política seria la forma en que una comunidad decide no decirle “ven” a cualquier cosa. Eso constituye la responsabilidad en política: decidir impedir que ciertas cosas sucedan. Ello mismo se constituye como un punto de posibilidad a la perspectiva de un futuro, pero, y al mismo tiempo, como uno de imposibilidad. ¿Y si el “ven” en su naturaleza más esencial fuera, como la repetición freudiana lo enseña, un “vuelve” disfrazado?
Pero ese proyecto político, a la vez, invalida la opción emancipatoria que el acontecimiento contiene como posibilidad. Y esto no deja de ser problemático para una empresa que contenga tal fin. ¿Cómo conciliar ambas caras de la moneda?

Freud dilucida en “Más allá del principio del placer” (1996) que aquello que se da por sorpresa, que se presenta como mera contingencia –lo peor del trauma-, se vuelve a través de la repetición tan necesario como un destino que se escribe.
Lo real, ya ha insistido lo suficiente Lacan en esto, es lo que vuelve al mismo lugar. Si ello se entiende, y alejados de los fenómenos captamos la estructura, percibimos que se ha vuelto innecesario el montaje siniestro de los campos de detención para contener y reducir a ese real nombrado por la historia oficial como “desaparecido”.  Hoy muda sus ropas, y con una sensiblería diet, lista para ser digerida, se cuela por cualquier pantalla a la hora de la cena. En esta época de simulacro total, donde los acontecimientos están en huelga, Lacan nos muestra que no hay realidad por construida que se presente, que evite la singularidad del acontecimiento y la huella de aquel imposible que lo hizo surgir.
Designar como mera fatalidad este retorno de lo real –pero también de lo peor- es renunciar a dilucidar la lógica que la comanda, retroceder frente al proyecto del psicoanálisis que indaga sobre el tipo de satisfacción libidinal que se realiza en tal retorno, y si esta puede ser transformada.

El inconsciente es unbewusste, o como juega Lacan: une bévue, hacer la vista gorda. Pasamos por alto el modo en que nuestro acto ya es parte del estado de cosas que estamos mirando.
Si la muerte no ha faltado a la cita a lo largo del siglo XX, y ha danzado su baile mortífero y enloquecido, quizás sea por la inquietante razón ya formulada por Hegel: el Amo, por monstruoso que sea, forma un par con el esclavo. Tesis difícilmente soportable cuando una dictadura se desmorona, y se oye a los inocentes por fin libres enumerar los crímenes de los que eran tanto contemporáneos como mártires. Sin embargo, lo real mismo de lo que ellos soportaron, insiste. ¿No tenían nada en común con ese cuyo poder soportaron durante tanto tiempo y cuya caída contemplan ahora, incrédulos? Pero entonces ¿en qué descansaba su tiranía para haberse ejercido así, más allá de las fronteras de lo imaginable? ¿Qué extravagante lazo social podían formar juntos, todos juntos, verdugos, cómplices, testigos, víctimas? Sin firmar pacto o acuerdo previo alguno, escribe Gerard Miller, “habían navegado en el mismo Arca de Noé, no para escapar de las aguas del diluvio, sino para beberla junto hasta las heces” (1996:171).

La política del avestruz es la que sigue como estrategia enterrar la cabeza bajo tierra para no ver, pero que deja un resto de anatomía al descubierto...Seguramente no ve nada, aunque el refranero popular no le de la derecha aquí –ojos que no ven, corazón que no siente- y sí se percate de que algo no anda del todo bien.
Sería mejor por tanto para el sujeto afrontar su situación, por más desagradable que resulte, para vivir su vida -la única que tiene-, la que sistemáticamente sacrifica en el altar de una mortal comodidad que huele a tufo de complicidad.
De lo cual, y para concluir, se deduce que el pase de factura al Amo de turno, en plena vigencia o en franca retirada, oculta lo que de partícipe necesario tiene el esclavo que no deja de reconocerlo como aquel que gano la apuesta.
Y eso que el avestruz, dice Judith Miller, no supone simplemente una política: “su reputación se debe también a su estómago. Se lo traga todo, hasta lo más indigesto” (2002: 41).
A cada cual le queda saber entonces hasta donde está dispuesto a abrir el garguero.


Referencias bibliográficas

Alemán, Jorge (2001). Jacques Lacan y el debate posmoderno. Bs. As.: Filigrana.

Derrida, Jacques (2001). Estados de ánimo del psicoanálisis. Lo imposible más allá de la soberana crueldad. Bs. As.: Paidós.

Freud, Sigmund (1995). A propósito del caso de una neurosis obsesiva. Obras completas, tomo X. Bs. As.: Amorrortu.

Freud, Sigmund (1996). Más allá del principio de placer. Obras completas, tomo XVIII. Bs. As.: Amorrortu.

Fresán, Rodrigo (1998). Historia argentina. Bs. As.: Tusquets.

Kohan, Martín (2002). Dos veces junio. Bs. As.: Sudamericana.

Miller, Gerard (1996). Malestar. Sesenta síntomas en el mundo como Freud manda. Bs. As.: Ediciones de la Flor.

Miler, Judith ( 2002). Las avestruces descalabradas. Coloquio Jacques Lacan 1901 –2001. Bs. As: Paidós – Campo Freudiano.

Vezzetti, Hugo (1999). Sobre la responsabilidad civil por el terrorismo de Estado. Página 12, 07/08/99. Bs. As.

Vezzetti, Hugo (2004). En el diván de la dictadura. Ñ, suplemento cultural de Clarín, año I, N° 15. Bs. As.

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